lunes, 23 de octubre de 2017

Por qué estar (o parecer) ocupado no es un nuevo estatus profesional

Hay una multitarea absurda que es simple apariencia de actividad, sin...


La pose de 'ir de ocupado' vende, sobre todo en las organizaciones en las que triunfa el 'presentismo'. Aunque estar verdaderamente activo puede reportarnos un estatus profesional, esa multitarea inútil nos degrada a largo plazo.

El agobio permanente, o la pose y apariencia de actividad desbordante... Esa es la actitud que permiten e incluso recompensan muchas organizaciones que tienden a valorar el que una persona esté encima de sus tareas sin medir la productividad. Hay quien define esto como cultura del alto rendimiento aparente.

Lo cierto es que estar ocupado (e incluso parecerlo) vende. Un reciente estudio de The Georgetown University McDonough School of Business concluye que "estar y parecer ocupado en el trabajo se ha convertido en un signo de estatus". Pero esto tiene matices.

Para mucha gente, la frase "estoy muy liado" es una etiqueta que acompaña permanentemente la actividad laboral. Viene a ser algo así como una nueva capacidad profesional, una virtud que hay que mostrar y de la que se presume las 24 horas... Hay quien publica en Facebook lo ocupado que está (y aún así tiene tiempo para publicar en Facebook). Algunas celebrities incluso se quejan de que no tienen vida en las redes sociales "porque no tienen tiempo".

El estudio recuerda que "en mercados como el estadounidense prospera una cultura que lleva a creer que el estatus se gana. Así, en consonancia con el sueño americano, aquellos que trabajan duro se perciben como los más capaces para ascender en la escala social. Comparado con otras culturas en las que el estatus se hereda, esta forma de ver el ascenso social y laboral lleva a idealizar a aquellos que se hacen a si mismos. Así, estar o parecer ocupado es una señal de ambición y competencia para subir más rápido".

El estudio de Georgetown concluye que los profesionales ocupados son vistos como "recursos escasos" y que resultan muy demandados. Precisamente esta "escasez" es la que les lleva a tener un estatus más elevado. La investigación revela además que en culturas latinas como la italiana, el estatus se le otorga a aquellos que invierten más tiempo en actividades de ocio. Corresponde a las culturas en las que el estatus se hereda en vez de ganárselo.

La cuestión es que en determinados entornos laborales se favorece que jefes y empleados sean improductivos. Esto se da en organizaciones que permiten refugiarse en tareas rutinarias y fáciles que no aportan nada. Se trata de un presentismo estéril que puede relacionarse con la productividad, y que en muchos casos hasta se recompensa. Es lo que lleva a algunos a quedarse hasta más allá del final de la jornada, porque estar se valora más que hacer.

Por lo que se refiere al típico profesional de la pose agobiada, éste queda difuminado con más facilidad en grandes organizaciones. Un estudio de Woffu, una start up dedicada a la gestión de vacaciones, ausencias, presencia y control horario, explica, entre otras cosas, que ese típico presentista suele declarar que está saturado y sobrecargado. Hay que tener en cuenta que cada persona vive la carga de trabajo de manera distinta: los hay que encajan mejor un exceso de trabajo y que se aburren cuando desciende la actividad, mientras que a otros les cuesta sostener puntas de actividad y mantenerse motivados ante los retos.

Según la investigación, "el presentista suele lamentarse con frecuencia de la enorme carga de trabajo que tiene, con independencia de si está en una época de mucha actividad o una época de valle. Siempre se siente abrumado.

Sin olvidar que el empleado que se encuentra en esta situación tiene problemas para concentrarse y abordar las tareas que le corresponden. Es presa fácil para los "despistes" y tiene tendencia a dispersarse, tanto físicamente (con exceso de descansos de café o cigarrillos) como mentalmente.

Exceso real de trabajo o pose falsa
·  Un estudio de los departamentos de Economía de las universidades de Pittsburgh, Columbia y Florida sostiene que una dosis extra de trabajo es justo lo que los empleados necesitan para evitar una 'procrastinación' negativa y para aumentar su productividad.
·  Esto hace que los profesionales se sientan mucho más satisfechos con su trabajo y que se mantengan alejados de las emociones tóxicas durante el horario laboral.
·  La paradoja se da cuando determinado tipo de profesionales convierte el hecho de estar ocupado en una pose que implica una estrategia defensiva. El argumento es que si uno evidencia que está cargado de trabajo evitará que le encarguen tareas desagradables o que nadie quiere hacer. Actuar así implica meterse en una rutina que permite permanecer en equilibrio, en un nivel de ocupación aparentemente alto que hace que nadie cuente con ello.
·  Frente al concepto erróneo de eficacia, algunas tendencias apuntan a que la profesionalidad ya no puede ser medida exclusivamente por el tiempo que permanecemos en nuestro lugar de trabajo. Los horarios fijos y el 'presentismo' tienden a desaparecer y la evaluación de los profesionales y la retribución asociada se relacionan con la consecución de resultados.
·  En ocasiones, la clave está en saber gestionar y combatir a los 'ladrones de tiempo' -reuniones improductivas y multitarea inútil-; o manejar adecuadamente las interrupciones, o los descansos demasiado dilatados. Se requiere una planificación y una organización adecuada que tiene que ver con externalizar lo accesorio y delegar. A esto se añade el tener muy clara la diferencia entre lo urgente y lo importante.

Multitarea improductiva
Decir que se está muy ocupado vende y supone para algunos una postura que justifica su puesto de trabajo o su función dentro de la compañía.
·  La multitarea anula en el profesional el hábito de pensar, de analizar y de tomar decisiones. Quienes se refugian en esa aparente actividad se empeñan en tareas improductivas, como el envío de correos electrónicos o acudir a reuniones inútiles. Son adictos a los mensajes de su 'smartphone' y al propio teléfono, y sólo piensan en lo inmediato, obsesionados por esa multitarea, contraria a la productividad. No suelen tomar decisiones ni resuelven problemas.
·  La cuestión es que gran parte de las ocupaciones sin apenas valor que se dan en las empresas llegan porque hemos pasado de ser usuarios de la tecnología a convertirnos casi en sus prisioneros. La facilidad de uso la convierte en un arma de doble filo.
·  l En determinadas organizaciones se cambia lo estratégico por tareas rutinarias que son relativamente fáciles y cómodas de desempeñar. Demasiadas compañías se convierten en entornos permisivos con esos comportamientos de poco valor real.


viernes, 20 de octubre de 2017

El fracaso, esa cosa tan buena

  • El francés Charles Pépin reivindica las virtudes de no conseguir lo que queremos

El fracaso, esa cosa tan buena
La reivindicación del fracaso es el eje de un ensayo del filósofo francés Charles Pépin que ya ha sobrepasado en su país los 50.000 ejemplares vendidos ensalzando algo que el común de los mortales intentamos evitar: que las cosas nos salgan mal.
Las virtudes del fracaso, publicado ahora por Ariel, es a la vez un contradiscurso alternativo a la agobiante exigencia de éxito en el capitalismo competitivo pero, por otro lado, también puede leerse como un ensalzamiento de los valores liberales del macronismo, es decir, construirse a uno mismo extrayendo fuerza de los golpes recibidos sin perder la sonrisa, una especie de ética empresarial aplicada a la vida cotidiana. Eso sí: cualquier parecido con la realidad política catalana es mera coincidencia.
Pépin, que contesta a este diario por correo electrónico, analiza multitud de casos de personas célebres, tenidas por triunfadores, que cosecharon antes estrepitosos fracasos. “Los animales no pueden fracasar –observa–, la araña siempre teje bien su tela y el pájaro construye un buen nido. El instinto les dicta todo lo que hacen. Fracasar es aquello que nos hace humanos. Hay victorias que solo pueden obtenerse perdiendo batallas. Lo que recomiendo, en puridad, es cambiar nuestra mirada sobre el fracaso”.
Además de profesor de instituto, Pépin es asesor de directivos y ha observado una diferencia fundamental entre las empresas anglosajonas y las mediterráneas. “En Silicon Valley se elogia el fail fast (fracasar deprisa) y buscan sobre todo emprendedores que hayan obtenido lecciones de sus errores. Así piensan en EE.UU –no olvide que América fue descubierta gracias a un error–, Gran Bretaña, Finlandia o Noruega.
Son países que premian la audacia, el atreverse a hacer algo. Los europeos del sur, en cambio, estigmatizamos el fracaso, arruinarse es un hándicap muy difícil de remontar, incluso nuestras leyes limitan el crédito a una persona que ha tenido quiebras. Fracasar, en España o Francia, significa ser culpable. Pero el error es la única manera de aprender”. Sin embargo, el autor advierte que “también se da un exceso de la visión anglosajona, presentando el fracaso como algo que puede superarse meramente con perseverancia y voluntad. Eso es olvidar que la primera virtud del fracaso es recordarnos los límites de nuestro poder”.
“Nuestros métodos educativos latinos están equivocados –apunta el ensayista–, la clase magistral es un error. Finlandia, líder en todos los baremos de educación, adapta el ritmo de las clases a sus alumnos, da hasta los 9 años para aprender a leer, no pone notas hasta los 11, tiene programas flexibles y otorga una enorme libertad a cada profesor”.
Pépin recorre numerosos ejemplos de fracasos que se convirtieron en éxitos, desde la tarta Tatin a las cápsulas Nespresso (que se estrellaron primero como oferta para restaurantes y oficinas) pasando por el champán, el velcro o los post- it.
Para el ensayista francés, “el fracaso es además una buena escuela de vida, pues te vuelve más humilde, empático, sensible a la complejidad humana. Inmuniza contra la arrogancia, el ego inflado y el dogmatismo”.
Pero ¿cómo establecer qué es un fracaso? ¿No es, acaso, un concepto relativo? “Yo propongo –responde Pépin– una definición válida en todos los dominios: lo hay cuando se produce un desencuentro entre nuestro proyecto y lo real y lo vivimos mal, nos hace sentir heridos o humillados”. Cita el caso del cineasta Jean Luc Godard, que lamentaba ser “reconocido por sus películas fáciles, y no por las políticas”.
¿En qué ha fracasado Pépin, por cierto? “Mis sentimientos más intensos al respecto se remontan a la infancia, cuando no me atrevía a abordar a aquellas personas que me fascinaban, que me gustaban, por timidez. Al final, comprendí que es más fácil aceptar el fracaso si por lo menos has osado, lo peor de todo es fracasar por no atreverse”.
El director teatral Lluís Pasqual, paradigma del éxito, confiesa que “hace veinte años, le habría respondido que no, que no he fracasado nunca, pero ahora, repasando mi vida, creo que sí. No he tenido demasiados pero es que una cosa son los fracasos cara al público y otra cara a ti mismo. Yo hice un Julio César que fue un succès d’estime pero que yo viví como un profundo fracaso, sentí una gran vergüenza. Me hundí y, para al siguiente espectáculo, tuve que cambiar la piel, afrontarlo de un modo muy diferente. Es como los niños: si no se caen, no pueden aprender a no caerse. Lo mismo”. “Tal vez la gente no lo vio así –prosigue– porque allí estaba el texto de Shakespeare, unos buenos intérpretes... pero yo sé que allí no había alma, era todo cerebral, no me había bajado a las tripas, me sentía como un mero guardia urbano, dirigiendo el tráfico, sin haber aportado nada mío, tú no te puedes engañar”.
Resalta que, frente a otras disciplinas, “el teatro no admite que aparques algo que no te gusta, una vez empiezas a ensayar no hay marcha atrás, tienes que estrenar algo, no puedes destruir el cuadro, quemar el libro o hacer otro montaje de la película”. Dice envidiar solamente “a los directores de orquesta y a los pianistas, capaces de hacer cosas bellas que yo no sé hacer”.
Por su parte, el escritor Sergio del Molino, que acaba de publicar la novela La mirada de los peces, cuenta que “tengo varias obras fracasadas, libros que no han vendido nada, ni un clavel, como todo el mundo. Esto es una carrera de largo aliento y nadie ha nacido con una flor en el culo. De todos modos, este debate es impostado porque del fracaso solo se puede hablar desde el éxito, sería insultante llamar a alguien que está en el fracaso absoluto para preguntarle qué se siente”.
Del Molino no coincide con las tesis de Pépin pues “no tengo claro el prestigio didáctico del fracaso, fundamentalmente es una putada, luego lo puedes racionalizar de mil formas y levantarte, pero en esencia es algo indeseable para cualquiera, esta retórica épica de ensalzamiento del fracaso yo no me la trago, me suena a autoayuda, no tiene un armazón intelectual sólido. Es también una forma de consuelo en una sociedad en que el éxito esta muy banalizado y hay muchísima presión para conseguirlo, este es un mundo muy cruel para quien no lo consigue rápidamente y de una forma contundente”.
“Tengo libros rechazados –continúa– o libros en los que yo tenía fe y que no tuvieron la menor repercusión. Y no sé si he aprendido algo de ellos, más allá de algo tan obvio como que eso no funciona y que no debo seguir por ese camino. Eso no significa que tu proyecto fuera erróneo, el fracaso tiene que ver con circunstancias que no tienen que ver contigo, a veces es una cuestión de mera suerte”. Para él, “tirar novelas a la basura no se puede llamar fracaso, este oficio requiere ensayo y error y equivocarse mucho al principio.
Partimos del ego del artista, nos creemos geniales y nos cuesta aceptar que no lo somos, que somos unos aprendices que estamos intentando dominar un oficio y que hasta que no lo hagamos todo lo que produzcamos va a ser una basura. La gente cree que ha llegado a una meta cuando ni siquiera caminan. Aprender es muy duro para el ego, te exige admitir que no eres el genio que creías ser”.
El escritor mexicano Juan Villoro acaba de publicar el ensayo La utilidad del deseo (Anagrama), un compendio de escritos sobre literatura. “Hay grandes novelistas, pienso por ejemplo en los clásicos rusos, de Dostoievski a Tolstoi, que no se explican sin el fracaso –explica, en un hotel barcelonés–, no en vano los grandes poemas de amor los escriben gente rechazada por el objeto de su pasión”.
Pese a todo, ¿por qué nadie quiere fracasar? “Porque vivimos una visión culpabilizante del fracaso –responde Pépin–, asimilamos haber fallado con ser un fracasado. La vida, en cambio, nos muestra que fracaso y éxito suelen coexistir, a menudo en un mismo acto. Lo mejor es la frase de Samuel Beckett: ‘Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor’. Porque fracasar cada vez mejor es ya un éxito”, apunta.

jueves, 19 de octubre de 2017

15 cosas que te harán sonreír siempre

Una sonrisa puede hacer maravillas en tu aventura emprendedora. Reducirá tu nivel de estrés, serás más productivo y darás una mejor impresión.


15 cosas que te harán sonreír siempre
Todos sabemos lo importante que es sonreír todos los días. De hecho, una sonrisa forzada puede tener un impacto positivo en el humor de la persona.
Diversos estudios muestran que aquellos que sonríen tienen un ritmo cardiaco más bajo que aquellos que mantienen una expresión neutral.
No necesitas forzar una sonrisa para ponerte de buen humor. Hay cosas que puedes hacer para tener una sonrisa natural y mejorar tu calidad de vida. Aquí hay 15 tips que te ayudarán:
1. Comienza tu día con la naturaleza. Varias investigaciones demuestran que la exposición al sol mejora naturalmente el humor de una persona, así que considera tomar una taza de café en tu jardín. En lugar de revisar tus correos en tu celular, aprecia el escenario frente a ti.
2. Ve al gimnasio. Ya sea que te despiertes media hora antes o tomes un descanso en la comida, las endorfinas que liberas con el ejercicio pueden levantar tus ánimos. Si el gimnasio no es una posibilidad, toma las escaleras en lugar del elevador o camina a tu junta.
3. Visita al chistoso de la oficina. Toda empresa tiene uno. Detente en su lugar cuando necesites que te pongan de buen humor. Una conversación de cinco minutos puede hacer toda la diferencia. Yo llamo a mi amigo John Rampton cada vez que quiero reírme un rato.
4. Haz algo bueno por ti mismo. Muchas veces pasamos tiempo haciendo cosas para los demás y olvidamos hacer algo por nosotros. Haz algo por ti como ir por tu café favorito o leer un libro que te guste en la comida.
5. Haz algo bueno para los demás. La gente que hace trabajo voluntario es más feliz que los otros. Aunque no tengas tiempo de hacer trabajo de caridad, puedes mejorar las cosas si haces algo por los demás.
6. Cuenta tus bendiciones. Tal vez hayas escuchado el consejo de escribir las cosas por las que estás agradecido. Tal vez no lo parezca, pero si te das cuenta de todo lo bueno que hay en tu vida vas a ser feliz.
7. Escucha música. Si conduces al trabajo todos los días probablemente escuchas la radio en el coche. Puede ser una gran forma de prepararte para el resto del día. Crea una playlist de tu música favorita y súbele el volumen.
8. Toma una ruta diferente para ir a trabajar. En lugar de ir por el mismo camino todos los días, toma otras rutas. Tal vez te tardes un poco más de tiempo, pero valdrá la pena.
9. Come algo delicioso. Ya sea que decidas hacerte un gran desayuno o que en la comida disfrutes de un rico menú, disfrutar tus alimentos favoritos puede alegrarte mucho. Esto te dará algo que esperar en el día.
10. Desconéctate de las redes sociales. Si lo primero que haces en las mañanas es revisar Facebook o Twitter, tu estado de ánimo se verá afectado. Las investigaciones demuestran que las personas que usan Facebook experimentan emociones negativas asociadas con el tiempo que estuvieron conectadas.
11. Mantén cerca las cosas que te hacen reír. Además de los recordatorios en el trabajo, pon cosas en tu escritorio que te hagan sonreír. Pueden ser fotos de tus seres queridos, dibujos que hicieron tus hijos o tarjetas de cumpleaños de amigos y parientes.
12. Ve videos divertidos. Hay una razón por la que los videos de gatos son tan populares. Guarda los que te hagan reír y búscalos cuando necesites algo de ánimo.
13. Lee algo divertido. Cualquier día puedes recibir un chiste, ya sea que te suscribas a un servicio que te los mande o los leas de un calendario que tenga notas graciosas.
14. Platica con extraños. Tal vez no seas muy feliz por las mañanas, pero te sorprenderías de saber cuánto puede ayudarte un extraño. Un “buenos días” en un elevador puede convertirse en una gran conversación.
15. Pasa tiempo con tus seres queridos. A pesar de los éxitos, tu logro más grande es tu familia. Seguro sonríes más cuando estás con tu pareja o tus hijos que en otro momento del día.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Construye tu puesto de trabajo ideal

Bienest1
Existe una correlación directa entre la satisfacción de los empleados con su entorno de trabajo y su grado de motivación y compromiso con la empresa. Esta es una de las principales conclusión de un estudio realizado por Ipsos para Steelcase. “Dotarle de las soluciones necesarias para que obtenga lo mejor de las personas que trabajan en él se ha convertido en un elemento esencial para la competitividad”, asegura Alejandro Pociña, presidente de Steelcase para España y Portugal. No se trata de apostar aleatoriamente por un estilo juvenil, clásico o desenfadado porque nos gusta, sino de definir cuáles son las intenciones: si se van a recibir clientes, si serán necesarios espacios de ‘coworking’… “Las oficinas están al servicio de la empresa, del valor que se quiere ofrecer. Una cosa es lo que te gusta y otra tu propósito empresarial. Debes servir más a esto último”, apunta Alberto Blanco, director de Grupo Actual.

Por eso, y de puertas adentro, hacia los empleados, hay que buscar la productividad (como se ha hecho siempre) pero también la colaboración (importante en determinadas compañías y culturas). “Hace dos años hicimos una renovación de ciertas áreas para favorecer el trabajo colaborativo, la transversalidad y los espacios operativos”, indica Gonzalo de la Rosa, director de Recursos Humanos de Cetelem. ¿Resultado? Salas y espacios muy funcionales, que sirven tanto para llevar a cabo un ‘worshop’ como una reunión de dirección. En cuanto a los colores, elegantes y con imagen corporativa (en su caso, el verde) junto a tonos grises y blancos. “El color ejerce un efecto sobre el ser humano y sus sensaciones por lo que debe ser utilizado de forma inteligente. En espacios pequeños, puede agrandar; en ambientes estresantes, puede relajar; y en ambientes aburridos, puede estimular”, matiza Alejandro Pociña. También hay que tener en cuenta que la percepción de dichos colores puede oscilar en función del tipo de iluminación: incandescente, fluorescente o natural. “La iluminación adecuada es la que permite al usuario trabajar con el mínimo esfuerzo ocular, produciéndole un mayor bienestar tanto físico como psicológico”, manifiesta el presidente de Steelcase.

La tendencia actual es más a espacios abiertos, sin puestos fijos. Pero pueden surgir tensiones. Por ejemplo, el hecho de ser visibles para algunos directivos puede suponer algo así como una pérdida de estatús. También puede ocurrir que determinados empleados crean que esa visibilidad es sinónimo de disponibilidad total, lo que puede irritar a algunos directores. “La excesiva preocupación por fomentar los espacios abiertos y colaborativos ha provocado en alguno casos una falta de privacidad. Y la misma se manifiesta en una ausencia de sitios para realizar tareas que requieren concentración, abstracción, desconexión o, simplemente, mantenerte alejado de miradas indiscretas para entablar una conversación privada o confidencial”, manifiesta Alejandro Pociña.

Además, los espacios abiertos consumen más espacio que la distribución por despachos. “Es un tema de costes que hay que valorar. Las salas de reuniones son necesarias y tienen que ser accesibles”, señala el director de Grupo Actual. Cierto que la rotación de los puestos de trabajo permite una relación con las personas de una misma área, o incluso de otras. Pero también es verdad que puedes dar con personas con las que resulta más incómodo trabajar. Un dato: según una encuesta realizada por Steelcase entre 10.000 trabajadores de 14 países, el 85% reconoce que no puede concentrarse en espacios diáfanos y un 31% asegura que tiene que abandonar la oficina para acabar su trabajo.


martes, 17 de octubre de 2017

Las 5 diferencias entre grupo y equipo

A la hora de trabajar conjuntamente mano a mano con otras personas, las dinámicas que se establecen entre los trabajadores marcan la diferencia. Aunque dediquemos el mismo tiempo, los mismos recursos materiales y un personal con un nivel de formación suficiente, el hecho de trabajar de uno u otro modo con esos ingredientes hace que se produzca más o menos.
Las 5 diferencias entre grupo y equipo
A continuación veremos en qué consisten las diferencias entre grupo y equipo, dado que es este tipo de implicación y coordinación la que hace que, con el mismo gasto, la productividad en empresas y organizaciones sea llevada a su máximo potencial, o no.

Principales diferencias entre grupo y equipo

En lo que se refiere al mundo de la Psicología del Trabajo y de las Organizaciones, las definiciones utilizadas acerca de lo que son los grupos y los equipos son diferentes. Y no lo son solo en lo teórico, sino que como veremos se refieren a dos tipos fenómenos que producen resultados muy distintos.

1. Visión individualista y visión colectivista

Los grupos son, fundamentalmente, conjuntos de personas que comparten un espacio, un lugar, y que muestran un cierto grado de tolerancia entre ellos, lo cual hace que pueda ser algo estable.
En el contexto de las empresas y de las organizaciones, un grupo, además, es una pieza funcional de un sistema de personas que produce algo, ya sea con finalidades comerciales o no. Sin embargo, que se realice una función útil no significa que el grupo tenga un objetivo compartido. En vez de eso, cada persona tiene su objetivo.
Dicho de otro modo, este tipo de asociación se rige por el individualismo: personas llegan a un acuerdo para llegar a una meta que ya se habían fijado a priori de manera individual.
El equipo, en cambio, se mueve por el colectivismo, la noción de que hay experiencias que solo pueden ser vividas uniéndonos y conectando con otros y de que ciertas metas son fundamentalmente de carácter colectivo. Por ejemplo, la protección del medio ambiente no es un objetivo al que se pueda llegar objetivamente, y del mismo modo una tarea creativa en la que deban trabajar varios artistas, tampoco.

2. Espíritu proactivo o pasividad

Los equipos se adaptan en tiempo real a los imprevistos, ya que todas las personas que los componen van a una. Si surge una necesidad diferente a las que venían definiendo el trabajo, por ejemplo, no es necesario convencer a los demás de que se adapten a esta nueva circunstancia; en todo caso, se informa y se busca conjuntamente nuevas propuestas.

En los grupos, en cambio, la mentalidad lleva a una actitud definida por la pasividad. Por eso, por ejemplo, si aparecen cambios imprevistos hay que volver a negociar con los individuos que lo forman, dado que se pueden atener a la idea de que no tienen por qué hacer nada más de lo que venían haciendo con anterioridad.

3. Agilidad comunicativa o verticalidad

En los grupos, los flujos de comunicación acostumbran a ser verticales, dado que se limitan a las relaciones de jerarquía precisadas en el organigrama; simplemente, no es obligatorio establecer otras rutas por las que circule la información.
En los equipos, en cambio, la comunicación también fluye mucho de manera informal, aunque esas rutas comunicativas no aparezcan en el organigrama.

4. Flexibilidad y rigidez

En los equipos, la prioridad número uno es hacer que el conjunto pueda adaptarse a los cambios y llegar a las metas fijadas colectivamente, y por eso lo formal está supeditado a lo útil. Aunque parezca contradictorio, muchas veces se rinde mejor si se sabe dejar a un lado la rígida estructura de las reglas fijadas por escrito (eso sí, con el acuerdo de todas las partes implicadas).
En los grupos, en cambio, la rigidez de las normas es utilizada no por su utilidad, sino como excusapara no enfrentarse a nuevas situaciones ni tener que trabajar más durante la fase de adaptación a las situaciones cambiantes que van saliendo a nuestro paso. Dicho de otro modo, se asumen las normas como un dogma, algo que debe ser seguido para evitar complicaciones, aunque esto, paradójicamente, pueda llevar a que ciertos problemas causados por la falta de adaptación al cambio se cronifiquen y generen molestias totalmente evitables.

5. Potencial ante oportunidad o ceguera a ella

Los equipos son siempre mucho más hábiles a la hora de detectar oportunidades ocultas, dado que la comunicación fluye y no se penaliza la propuesta de ideas que “rompan los esquemas”.
En los grupos, en cambio, la simple idea de virar la dirección de lo que se venía haciendo causa rechazo, y se necesita una muy buena excusa para algo tan simple como proponer nuevas estrategias o intereses grupales. Esto hace que, aunque se intuya una oportunidad, nunca se vaya más allá de esta fase, y ni se valore esa posibilidad ni, por supuesto, se emprendan nuevas misiones. En muchas ocasiones la persona a la que se le ha ocurrido la idea ni siquiera la comunica a algún compañero de trabajo.